Condenados
Siempre que llego a Caracas, cuando salgo del último túnel y se empieza a ver la ciudad, quiero bajar las ventanas. Respirar el aire de Caracas, sobretodo cuando vienes del DF, es como inhalar un elixir.
Le doy al botón para bajar el vidrio y no pasa nada. Le pregunto al conductor si puede quitarle el seguro, y dice que esos vidrios no pueden bajar.
-Están condenados. Desde que blindamos la camioneta no se pueden bajar los vidrios de atrás. Y los de alante sólo bajan hasta la mitad.
-Condenados estamos los que venimos atrás, que no podemos bajar los vidrios.
Así está Caracas. Violenta. Cada vez que voy, con una frecuencia de por lo menos seis meses, noto más tráfico, noto más motorizados, me hablan de más inseguridad. Esta vez el efecto fue más pronunciado. Por primera vez en casa fueron enfáticos en las recomendaciones de tener cuidado en la calle, de andar sin reloj, de no sacar la cámara de fotos, de quitarle la pulsera a la bebé…
Así está Caracas. Al parecer así está el resto de Venezuela también. El timón en manos de un loco. Sin ley. Sin autoridad. Condenada a la violencia.
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